Katrina Bookman tras ganar el premio en la tragaoneda.

Escándalo millonario: casino niega premio de 42 millones

En Nueva York un casino niega un premio de 42 millones a una jugadora tras alegar un fallo técnico en la máquina tragamonedas.

Casino niega premio de 42 millones a una mujer

El 23 de agosto de 2016, Katrina Bookman entró al Resorts World Casino de Queens después de trabajar todo el día. Se sentó frente a una máquina tragamonedas sin imaginar que su vida cambiaría en segundos. Tras varias jugadas, la pantalla mostró un jackpot de 42.949.672 dólares. Las luces se encendieron y la cifra quedó fija ante sus ojos.

Katrina tomó una selfie frente al marcador azul. Sonreía incrédula. Pero menos de 24 horas después, el casino niega premio y asegura que todo fue un error técnico. La ilusión se convirtió en conflicto. Y el caso terminó en tribunales.

Katrina Bookman gana en una tragamonedas pero el casino niega premio de 42 millones

Katrina Bookman era madre soltera de cuatro hijos. Trabajaba a diario para cubrir gastos básicos. Como muchos jugadores ocasionales, visitaba el casino para distraerse y probar suerte. Aquella noche eligió una tragamonedas llamada Sphinx. Insertó algunas monedas y presionó el botón de giro. Minutos después apareció la cifra millonaria.

Celebró con empleados cercanos. Nadie habló de error en ese momento. La máquina no mostró ninguna alerta visible. Una hora después, la gerencia pidió validar el resultado. Le indicaron que regresara al día siguiente. La explicación fue breve y poco clara.

Al volver, recibió la noticia definitiva: el casino niega premio porque la máquina presentó un fallo informático. Según los técnicos, la tragamonedas no estaba programada para pagar una suma tan alta. En compensación, le ofrecieron una cena y 2,25 dólares. La propuesta fue vista por muchos como ofensiva.

El establecimiento argumentó que cada máquina incluye una cláusula visible: “Malfunction voids all pays and plays”. Es decir, cualquier mal funcionamiento anula pagos y jugadas. La Comisión de Juegos del Estado de Nueva York respaldó esa interpretación. Sin embargo, el impacto emocional ya estaba hecho.

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Katrina decidió demandar al Resorts World Casino y a la empresa fabricante, IGT. No buscaba ya los 42 millones completos. Su abogado exigió al menos el pago máximo permitido por esa máquina, que era de 6.500 dólares. El argumento central fue simple: si una máquina puede fallar al pagar, también podría fallar al cobrar. Entonces, ¿dónde queda la equidad?

El equipo legal sostuvo que el casino debía asumir responsabilidad por el mantenimiento del sistema. También cuestionó la transparencia de las cláusulas. IGT explicó que el error se debió a una falla en la conexión con el servidor central. Afirmaron que el monto mostrado era imposible según la programación interna. El casino insistió en que el aviso técnico exoneraba cualquier obligación. Para la defensa, cada jugador acepta esas condiciones al presionar el botón.

El caso avanzó en tribunales de Queens con ritmo lento y técnico. La selfie se convirtió en símbolo público, pero no en prueba contractual suficiente. Finalmente, la corte falló a favor del establecimiento. Legalmente, el casino niega premio bajo una cláusula válida. Katrina no recibió ni los 42 millones ni el pago máximo solicitado.

Las lecciones que dejó el caso del premio perdido

El caso generó debate nacional sobre la industria del juego. Mostró cómo los contratos invisibles protegen a grandes corporaciones frente a errores técnicos. También dejó varias lecciones claras:

  • Leer siempre los términos y condiciones antes de jugar.
  • Comprender que los casinos operan bajo sistemas automatizados programados.
  • Saber que los errores técnicos suelen beneficiar a la casa, no al jugador.
  • Entender que la ilusión del premio no equivale a un derecho legal.

Cuando un casino niega premio, el conflicto no es solo financiero. También es emocional y ético.

La historia de Katrina Bookman expone una realidad incómoda. El juego ofrece esperanza, pero las reglas favorecen a la casa. El Resorts World Casino siguió operando con normalidad. Las máquinas continuaron girando. Otros jugadores ocuparon el asiento frente a la misma ilusión. Katrina, en cambio, enfrentó el peso de una expectativa rota. Durante una noche creyó haber cambiado su destino. Al día siguiente, la estructura legal del sistema la devolvió a su punto de partida.

Este caso demuestra que en el mundo del azar no basta con ver la cifra en pantalla. Cuando un casino niega premio, la diferencia entre ganar y cobrar puede depender de una línea en letra pequeña. Más allá del monto, la historia sirve como advertencia. En un entorno dominado por tecnología y contratos digitales, la emoción no reemplaza la validez jurídica. El debate continúa. Pero la lección es clara: en los casinos, la suerte puede aparecer en segundos, y desaparecer aún más rápido.

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