El 22 de noviembre de 1998, un empleado de motel encontró a Stu Ungar muerto en una habitación barata de Las Vegas. Tenía 45 años. En sus bolsillos apenas había unos dólares. Aquel hombre había ganado millones en el póker profesional. Fue tres veces campeón de la Serie Mundial de Póker. Muchos lo consideran el mejor jugador de Texas Hold’em de la historia.
Sin embargo, su talento no pudo vencer a la adicción a las drogas. La caída de Stu Ungar no fue repentina. Fue lenta, visible y dolorosa. Esta historia importa porque muestra cómo el éxito sin control puede convertirse en autodestrucción. También revela el lado más humano del mundo del juego.

Los inicios de Stu Ungar en el póker
Stu Ungar nació en 1953 en el Lower East Side de Nueva York. Creció rodeado de apuestas clandestinas y humo de tabaco. Su padre administraba un bar vinculado a juegos ilegales. Desde niño, Stu observó partidas y escuchó conversaciones sobre dinero fácil. A los diez años memorizaba libros completos. A los trece ya dominaba el gin rummy. Su memoria era extraordinaria.
Pronto derrotaba a hombres mucho mayores. Su capacidad para leer cartas y anticipar jugadas parecía sobrenatural. Cuando su padre murió, perdió su principal figura de referencia. Sin disciplina ni límites claros, se entregó por completo al juego. Durante la adolescencia abandonó la escuela. Eligió las cartas como forma de vida.
En poco tiempo se convirtió en el mejor jugador de gin rummy de Nueva York. Nadie quería enfrentarlo. Sin embargo, el dinero nunca se quedaba en sus manos. Apostaba en carreras de caballos y en cualquier evento disponible. Su problema no era solo el juego. Era la necesidad constante de acción.

La cima y la caída del genio del póker
En 1976 llegó a Las Vegas buscando partidas más grandes. Allí descubrió que el póker profesional ofrecía premios mucho mayores. El cambio fue inmediato. En 1980, con solo 26 años, Stu Ungar ganó el evento principal de la Serie Mundial de Póker. Derrotó a leyendas como Doyle Brunson. Su estilo agresivo desconcertó a todos.
Un año después repitió la hazaña. La prensa lo llamó “El Niño”. Las Vegas lo celebró como una estrella. Tenía fama, dinero y reconocimiento mundial. Pero la ciudad también le ofreció cocaína. Al principio la usó para mantenerse despierto. Luego se volvió dependencia.
La adicción a las drogas empezó a afectar su carácter. Llegaba tarde a torneos. Discutía con rivales. Perdía sumas enormes en apuestas impulsivas. Aunque seguía siendo brillante en el Texas Hold’em, su estabilidad emocional se deterioraba. Su matrimonio se rompió. Sus amigos intentaron ayudarlo sin éxito.
El dinero desaparecía tan rápido como llegaba. Stu Ungar creía que siempre podría recuperarlo con una gran victoria. A finales de los años ochenta, su reputación ya estaba dañada. Algunos casinos comenzaron a evitarlo. Lo que había sido confianza se convirtió en negación. Su mayor rival ya no estaba en la mesa. Estaba dentro de él.

El regreso y final de Stu Ungar
En 1997 ocurrió algo inesperado. Un amigo financió su entrada a la Serie Mundial de Póker. Muchos pensaban que estaba acabado. Su salud era frágil. Su aspecto mostraba años de abuso. Sin embargo, durante el torneo jugó con la lucidez de sus mejores tiempos. Mano tras mano eliminó rivales. Su lectura psicológica seguía intacta.
Contra todo pronóstico, Stu Ungar ganó su tercer título mundial. Fue un momento histórico en el póker profesional. Dedicó la victoria a su hija. Parecía una redención completa. No lo fue. El millón de dólares del premio desapareció en pocas semanas. Pagó deudas y volvió al consumo. Su cuerpo ya no resistía. La adicción a las drogas había causado daños irreversibles.
En noviembre de 1998, su corazón colapsó. No fue una sobredosis directa. Fue el desgaste acumulado. Stu Ungar murió solo, lejos del lujo que alguna vez lo rodeó.
La lección que nos deja su historia
Primero, el talento sin control no garantiza estabilidad. La disciplina es tan importante como la habilidad. Además, el éxito temprano puede ocultar problemas profundos. Sin apoyo emocional, la presión aumenta. También resulta claro que la fama amplifica los riesgos. En entornos como Las Vegas, las tentaciones son constantes.
Por otro lado, el mundo del Texas Hold’em cambió gracias a su estilo agresivo. Su legado estratégico sigue vigente. Sin embargo, su historia advierte sobre el costo de ignorar señales de alarma. La adicción a las drogas no distingue genios. Muchos jugadores actuales citan a Stu Ungar como inspiración técnica. Pocos desean imitar su vida personal.
La vida de Stu Ungar combina gloria y tragedia. Fue uno de los mayores talentos del póker profesional, pero perdió la partida más importante. Su historia demuestra que el éxito externo no compensa la falta de equilibrio interno. La disciplina, la salud y el entorno son claves para sostener cualquier logro.
Hoy, Stu Ungar sigue siendo recordado como un genio del Texas Hold’em. También es un símbolo de advertencia. En el mundo competitivo del juego, la mente es el mayor activo. Cuidarla puede marcar la diferencia entre la cima y el abismo.





